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Alexandre Lenoir, nacido en 1992, pinta principalmente paisajes poblados por personajes a menudo fantasmagóricos, indiferentes al espectador. Sus pinturas se realizan a partir de fotografías que elige como recuerdos de momentos felices, aunque dominados por una naturaleza imperiosa a la que concede cierto margen de arbitrariedad. En lugar de representar fielmente la naturaleza, busca una alquimia que dé lugar a obras que parezcan haber sido creadas espontáneamente, casi sin intervención del artista. De estas escenas familiares, bañadas por una luz resplandeciente, emana una melancolía sorprendente. Con motivo del 16.º contrapunto contemporáneo en el musée de l’Orangerie, Alexandre Lenoir presenta cuatro lienzos inéditos.
Lenoir trabaja a partir de instrucciones que se da a sí mismo o a ayudantes que no son pintores, sobre imágenes transformadas por el tiempo, tanto el transcurrido entre la toma de la fotografía y la pintura como el necesario para su lenta realización. Aplica innumerables capas de pintura, de la más clara a la más oscura, sobre multitud de pequeños trozos de cinta adhesiva que ocultan y después liberan el lienzo, trasladando sin efectos «románticos» la imagen proyectada a partir de la cual pinta. Alexandre Lenoir: «Todo comenzó con un lienzo titulado Les Cévennes, en el que, para representar la superficie del agua y sus reflejos, tenía que encontrar la manera de aplicar el menor número posible de pinceladas. Fue entonces cuando entraron en escena las cintas adhesivas, que me permitían preparar el terreno para las aguadas de pintura que extendía lateralmente sobre el lienzo como una impresora. Al final, cuando retiré las cintas, vi una imagen como si la hubiera soñado, cuya arquitectura y encuadres estaban presentes desde el principio, pero en cuyo interior la pintura había ocupado todo su espacio. Más adelante desarrollé una relación muy íntima con este método de traslación que me lleva a ocultar, cubrir y después descubrir. En definitiva, es una forma de revelación que puede evocar el revelado fotográfico. Esto me permite dejar un espacio de libertad al espectador que contempla el lienzo al final, porque no quiero ser el único que le imponga la imagen». En este sentido, la ambición del pintor coincide con la de Monet de trabajar la percepción, lo invisible: «He vuelto a emprender cosas imposibles de hacer —escribía Monet a Gustave Geffroy el 22 de junio de 1890—, agua con hierba que ondula en el fondo […] es admirable de ver, pero querer hacerlo es para volverse loco. En fin, ¡siempre acabo enfrentándome a este tipo de cosas!» (Carta citada en Gustave Geffroy, Monet, sa vie, son œuvre [1924], Paris, Macula, 1980, p. 30). Alexandre Lenoir experimenta con la tensión entre un realismo declarado y unos procesos creativos tan elaborados como experimentales. Trabaja «la acción de ver» en relación con el gesto que creará la imagen: el gesto del agua y el del árbol, que organizan una suerte de ecosistema comparable al que buscaba Claude Monet al concebir las grandes decoraciones: «Sentí la tentación de utilizar este tema de los Nymphéas para decorar un salón: trasladado a lo largo de los muros, envolviendo todas las paredes con su unidad, habría creado la ilusión de un todo infinito, de una extensión de agua sin horizonte ni orilla». (Claude Monet citado por Roger Marx, «Les Nymphéas de M. Claude Monet», Gazette des beaux-arts , junio de 1909). «Cuando redescubrí los Nymphéas —explica Lenoir—, me impresionó la manera en que el agua se movía al ritmo de la luz cambiante de las salas de exposición. En efecto, la materia de los lienzos hacía que la luz se aferrase a ellos por momentos y se ocultase inmediatamente después, creando ante mis ojos el movimiento constante del agua. Me interesa mucho la pintura como entidad viva. A fuerza de gestos repetitivos y de sus contingencias, la vida del estudio siempre produce una imagen que me sorprende, pero que encarna plenamente el agua de los lienzos que presentaré en la exposición». Se pregunta qué significa ser pintor, y es sin duda este cuestionamiento lo que se percibe en sus complejas pinturas, pese a su apariencia evidente. Suele recordar la fórmula del artista Niele Toroni «Trabajar para que la pintura trabaje por sí misma», que adopta como una regla que debe respetar y transgredir.
Precio: De 0 a 12,50 euros.
Fuente: paris.fr — foto: Charles Roussel
