El Palais de Tokyo presenta la primera retrospectiva de Cathy de Monchaux, figura destacada de la escena artística británica, mediante un conjunto de unas cincuenta obras fechadas desde 1984 hasta la actualidad. La exposición nos debate entre deseos y peligros a flor de piel, reuniendo dibujos técnicos, archivos de obras destruidas, esculturas e instalaciones, verticales u horizontales, en la pared o en el suelo; la artista subvierte los referentes, en particular los de la falocracia del lenguaje filosófico y artístico, un «privilegio concedido a la rectitud […] a la simbología del falo y, con ello, la reducción de la mujer a la materia-matriz, a la madre, a la vagina-útero».
Es también un juego de dimensiones, de lo íntimo a lo ostentoso, y de materiales, del grano del terciopelo a la frialdad cortante del metal, que desgarra nuestras vulnerabilidades para reavivar su poder. Una mirada clínica podría diseccionar pliegues, plomo, polvo, papel vegetal, encajes de remaches, correas, mármol, orificios, vulvas de cuento de hadas, marañas de unicornios y ranas que pululan por bosques de cuerpos enraizados, donde los árboles protegen la opacidad de los paisajes. También hay referencias, entre otras, al pensamiento minimalista, a impulsos góticos (de la época victoriana) con detalles crípticos, al romanticismo, al simbolismo, a los bosques de Shakespeare y Paolo Uccello, a creencias invisibles, a batallas y a la ciencia ficción. También hay títulos que dan testimonio del trabajo de escritura de la artista, como otras tantas tonalidades efervescentes: «Never forget the power of the tears» (Nunca olvides el poder de las lágrimas). Su obra más reciente emerge en bajorrelieve como un imaginario a contraluz, inmovilizado entre la urgencia del deslumbramiento y el pánico invasivo de un universo fractal: las lianas son raíces que son cuerpos que son almas que son luchas que también podrían ser huellas que curar. Compuestas como pinturas de batallas, estas obras también abordan la profundidad y nuevas perspectivas, en hueco. En ellas reaparecen ejércitos de unicornios que remiten de manera muy directa a la obra más antigua de la artista, todavía presente en su estudio como un tótem protector, que realizó cuando era estudiante. Un esqueleto a modo de armazón, como recuerdo traumático de un accidente de coche en el que la artista estuvo a punto de morir, seguido de un accidente de su caballo. Podría pensarse que fue en ese preciso instante cuando tomó forma su imaginario herido, donde las estructuras siempre sostienen tanto como sujetan y oprimen. La escultura de la artista encarna la gran pequeña distancia: ese desplazamiento que vuelve amenazante la sensualidad e hipnótico el espanto. El tejido de la pena nunca queda lejos, bajo los armazones punzantes, los fósiles, los recuerdos, las prótesis y los fetiches, bajo la superficie de los cuerpos y los sentimientos. En busca de una sobrecarga emocional íntima, política y colectiva, la obra de Cathy de Monchaux amasa las formas como si fueran emociones hasta dejar este sabor en nuestra mirada: el del metal bajo la lengua, ante el que incluso podemos recogernos.
Precio: De 0 a 13 euros.
Fuente: paris.fr — foto: Antoine Aphesbero. © Adagp, Paris, 2026.
