Tirésias es transformación, frontera, contradicción. Es anciano y adolescente, saber y errancia, luz y oscuridad. Es lo que no conozco y, sin embargo, aquello que se me parece.
Empecé a escribir una historia: la de un guardián de cementerio con juventud eterna. No envejecer tiene un precio: vivir junto a los muertos, acompañarlos al otro lado, cumplir por ellos, tomando prestada su apariencia, sus últimas voluntades — gestos que quedaron en suspenso antes de desaparecer en paz. Una especie de barquero transformista, cuya libreta de trabajo nunca se vacía, una presencia benévola para familiarizarse con la muerte. En mis peregrinaciones por la gran Historia, en busca de cuerpos transformados, me sacudió la reescritura del mito de Tirésias por Kae Tempest. Esas palabras me arrancaron de la imagen inmóvil de un viejo sabio ciego para revelar una figura cambiante, atravesada por identidades múltiples. Tirésias es transformación, frontera, contradicción. Es anciano y adolescente, saber y errancia, luz y oscuridad. Es lo que no conozco y, sin embargo, aquello que se me parece. Su voz abre un espacio íntimo. Veo fragmentos de bosques cercanos a mi infancia, a la vez sucios y floridos. Mi adolescencia reaparece allí, silenciosa. Las palabras desgarran los campos, como flechas. Imposible separar este poema de una música: guitarras eléctricas, cuerpos en movimiento, muda en piel de serpiente. Esta reinterpretación revela una identidad fluida, inasible. El cambio no es cómodo en ella, pero sí necesario. En esa errancia, Tirésias toca verdades enterradas: las de una humanidad frágil, inestable, que busca, pese a todo, mantenerse en pie.
Precio: Entrada libre
Fuente: paris.fr — foto: Matthieu Camille Colin
