La corola blanca de la falda de Marilyn, levantada por la corriente de aire de la rejilla del metro, en la esquina de la 52e Rue y la 5e Avenue… Invitado por Billy Wilder al rodaje de La tentación vive arriba en 1954, Sam Shaw se acerca todo lo posible a lo que allí sucede. A flor de piel, bañada por una claridad tan radiante como la de las estrellas cuyo fulgor sigue llegándonos aunque se apagaran hace mucho tiempo. ¿Qué puede decirse de Marilyn Monroe que no se haya escrito, contado y repetido ya?
Demasiadas palabras, demasiados clichés, demasiadas copias reproducidas hasta el infinito y comentadas hasta la saciedad. La rubia platino más expuesta del mundo. Y, sin embargo, en los retratos que el fotógrafo neoyorquino tomó de la actriz entre 1954 y 1958 se nos revela algo del misterio. De la intensidad de una vida. De su belleza. Y de su vulnerabilidad. El primer encuentro se remonta al rodaje de Viva Zapata!, cuando Sam Shaw empieza a trabajar para diversos estudios de la industria cinematográfica. Entablan amistad. En ciertos aspectos, son compañeros de armas. En la arena del cine —«Todo el mundo dice que no sé actuar.»—, el fotógrafo contribuye indudablemente a la interpretación de Marilyn. Ella se siente segura bajo la mirada de Shaw. Entregada por completo al fervor de su incipiente amor por el escritor Arthur Miller, su tercer marido, ya no lleva el corazón en bandolera. Las fotografías reunidas en estas páginas son otras tantas imágenes solares: Marilyn en el estudio, interpretando el papel protagonista de Marilyn —labios rojo rubí, un algodón de azúcar de rizos más rubios que el rubio… De todas las fotografías reunidas en esta pequeña antología, las tomadas en Roxbury, la propiedad de Miller en el Connecticut, son inolvidables. En apariencia, nada espectacular. Momentos de feliz intimidad. Pero la mirada de Shaw nunca había sido tan táctil, hasta hacernos sentir la cremosa palidez de esa piel de leche fresca y penetrar en el halo de dulzura y abandono de ese rostro entregado a sí mismo. En el reverso de una de las copias en las que la pareja aparece apoyada contra un árbol, Marilyn había anotado: «El cine es mi profesión, pero Arthur es mi vida» —¿De veras? La frontera es inestable, porosa para quien se expone, hasta el vértigo, al arte del desdoblamiento. Las imágenes de Marilyn ante su tocador, entregada a la ceremonia ritual del maquillaje, ofrecen una inquietante puesta en abismo en la que se revelan a la vez la distancia y la proximidad entre ella y el Otro. Norma Jean sabía mejor que nadie captar, en la superficie del espejo, el deslumbrante reflejo de Marilyn Monroe. Hacer surgir, liberar la Presencia exquisita e inestable, estudiar sus expresiones, adoptar sus poses. Dominarla hasta representar su papel con una gracia irresistible. Las fotografías de Sam Shaw participan de ese poder de evocación. Los poetas poseen el don de la doble visión. Truman Capote, en el retrato incisivo y fulgurante que traza de la actriz, compara el resplandor de Marilyn con «un colibrí en pleno vuelo», cuya poesía solo una cámara o el ojo atento del fotógrafo serían capaces de fijar… Pero esta luminosidad volátil resulta lo bastante poderosa como para disipar la sombra de la niña que nunca tuvo un lugar y a la que nadie esperaba en ninguna parte. «Solo quiero ser maravillosa. Marilyn puso todo su arte y todo su talento en acercarse a esa parte de sí misma que la mayoría de nosotros ignora o apenas deja entrever, esa claridad del alma que los retratos de Sam Shaw nos permiten contemplar en todo su fervor y amplitud. «MARILYN: Recuérdalo. Te dije que, si alguna vez alguien te preguntaba cómo era yo, quién era realmente Marilyn Monroe, ¿qué responderías? […] Apuesto a que les dirías que estoy chiflada. Que soy una perdida. Truman Capote: Por supuesto. Pero también diría… […] Diría que eres una niña radiante.» (Truman Capote, «Una niña radiante» en Música para camaleones, Paris, Gallimard, 1982) Jérôme GODEAU
Fuente: paris.fr — foto: Lawrence SCHILLER, cortesía de Galerie de l’Instant, Paris
